Uno se mueve por lo que siente. En verano comencé una novela. La escribí en un pueblecito de Galicia, en San Martín de Cambre, y la había dejado de lado para cocinar un pelmeni tras otro. Este fin de año, desde la Puerta del Sol, recordé lo que aquellas páginas aún significaban para mí. Sólo necesitaba un chasquido, un susto que me quitase el hipo, un timbre de despertador para volver a esos personajes que abandoné hace dos meses, en el mismo momento en que me atreví a iniciar este blog. Debo regresar a esa novela. Me lo pide la música que oigo, el verso que aún no ensayé, el corazón que late en mi pecho, como nunca. Otra vez me lanzo hacia lo que desconozco, como el que se sube a un barco sin puerto de atraque, y me despido de vosotros desde este locutorio de Alcalá, entre un chino que discute al teléfono, una negrita con coletas que revisa su correo y varios carteles en rumano. Sólo recordad que detrás de todo final se esconde otro comienzo. Ya cae el telón. Fue un placer. Adiós.02/01/2007
Cerrado por empacho
Uno se mueve por lo que siente. En verano comencé una novela. La escribí en un pueblecito de Galicia, en San Martín de Cambre, y la había dejado de lado para cocinar un pelmeni tras otro. Este fin de año, desde la Puerta del Sol, recordé lo que aquellas páginas aún significaban para mí. Sólo necesitaba un chasquido, un susto que me quitase el hipo, un timbre de despertador para volver a esos personajes que abandoné hace dos meses, en el mismo momento en que me atreví a iniciar este blog. Debo regresar a esa novela. Me lo pide la música que oigo, el verso que aún no ensayé, el corazón que late en mi pecho, como nunca. Otra vez me lanzo hacia lo que desconozco, como el que se sube a un barco sin puerto de atraque, y me despido de vosotros desde este locutorio de Alcalá, entre un chino que discute al teléfono, una negrita con coletas que revisa su correo y varios carteles en rumano. Sólo recordad que detrás de todo final se esconde otro comienzo. Ya cae el telón. Fue un placer. Adiós.29/12/2006
Pasiño a pasiño
Cuando no es un petrolero que se quiebra frente a la costa, es un incendio que devasta todo árbol con el que se cruza. Después se acerca un tornado desde el Caribe o llueve tanto que más de un pueblo se inunda. Si es que no salimos de una para meternos en otra, murmura entre dientes el patrón al que rellenan la cunca en su tasca de Betanzos. Y es cierto, que a los gallegos ya sólo falta que algún yanqui nos lance una cabeza nuclear y nos borre del mapa creyendo que Bin Laden se esconde en alguna cueva de Orense o que nos ataque Godzilla, destrozando a mordiscos los astilleros de Ferrol, usando la Torre de Hércules como palillo, lanzando su aliento de fuego sobre las torres de Compostela, que aunque grites que ya basta, en aquel rincón donde el mundo concluye con un aturuxo, como en un teatro griego, a una tragedia le sigue otra, y no exagero, o te acostumbras a recibir puntapies en el trasero o emigras con un trozo de empanada en la mochila, de ahí que nuestro carácter se acerque al proverbio oriental del junco que cede ante el viento, como no pierde sus raíces, cuando el temporal se aleja, vuelve a erguirse. Un sí es también un no, y como dudar es de sabios, el que se encuentra conmigo a mitad de una escalera nunca sabe si subo o si bajo. Pasiño a pasiño, faise o camiño, y cuando el gallego que llega a Alaska, a Uruguay o a Suiza recuerda la niebla, el orujo o la resina de los pinos, en sus labios se dibuja el mismo dicho de aquel romano que se asomó al cabo de Finisterre y vió cómo el sol se hundía en la nada del oceáno: Tan lejos quise irme, que regresé.28/12/2006
El efecto mariposa
Quieren gastar una broma, Yago y Moncho se compran tres cuartos de barreno en una tienda de gominolas, frente al San Francisco Javier (misionero que llevó la biblia hasta Japón), que es el colegio donde nunca estudiaron la teoría del caos, en dicho kiosco, cuando se acerca el carnaval o el 28 de diciembre, exponen en el mostrador las tracas de pólvora, las bombas fétidas y las cacas de plástico, van en el Polo, pelando pipas, oyendo la voz rasgada de un mariachi, ay, Jalisco, no te rajes, cuando Yago tira del freno de mano, el coche derrapa en segunda, los neumáticos silban al rozar la acera, Moncho saca la mano por la ventanilla para agarrarse al techo del automóvil y no caerse sobre el volante, se acercan a un vertedero de Elviña, bajo la facultad de derecho y el monte de la Zapateira, Yago une las tres mechas y coloca el petardo en la taza de un wáter que se quebró por su desagüe, Moncho enciende una cerilla, se agachan tras el maletero del Polo y se llevan las manos a los oídos, el barreno estalla, revienta la loza en pedazos, lanza a Yago y a Moncho contra una pila de desperdicios y bolsas de basura, le explota los sesos a una gaviota, al desplomarse con la lengua fuera del pico, cerca del Obelisco, despeina a una señorita que cruza el semáforo en rojo, el busero de la línea 2 frena en seco y el motorista que lo evita estrella su rueda contra una farola, en la lonja se distrae con el choque José Segade, el tío de Moncho que se deja los riñones en las subastas de pescado, le cae una caja de jurelos al mar, lo que crea una ola que en Coruña casi no se siente, pero que crece en su vaivén por el Atlántico hasta alcanzar las playas de Cancún, Miguel Vargas se desanima ante las quejas de los turistas, que llegan a las mesas de su terraza con más de una toalla mojada, llama a su mujer Filomena, en Jalisco, y le dice que no, que no compre los billetes, aún no, y en Kyoto, el contable que desde su ordenador estudia los gráficos de la compañía aérea para la que trabaja, se indigna ante tal desplante, pues se queda sin una comisión de cien yenes por perder a otro cliente, golpea la mesa, le da una patada a su perro, que huye al jardín con el rabo entre las piernas, con tanto ladrido, la mariposa que bate sus alas en Japón pierde el rumbo y se estampa contra una verja, y todo por un petardo. 27/12/2006
Tas, tas
A don Jaime Arce, que tiene un gran aire a pesar de todo, no hacen más que protestarle letras. En el café, parece que no, todo se sabe. Don Jaime pidió un crédito a un banco, se lo dieron y firmó unas letras. Después vino lo que vino. Se metió en un negocio donde lo engañaron, se quedó sin un real, le presentaron las letras al cobro y dijo que no podía pagarlas. Don Jaime Arce es, lo más seguro, un hombre honrado y de mala suerte, de mala pata en esto del dinero. Muy trabajador no es, ésa es la verdad, pero tampoco tuvo nada de suerte. Otros son tan vagos o más que él, con un par de golpes afortunados, se hicieron con unos miles de duros, pagaron las letras y andan ahora por ahí fumando buen tabaco y todo el día en taxi. A don Jaime Arce no le pasó esto, le pasó todo lo contrario. Ahora anda buscando un destino, pero no lo encuentra. Él se hubiera puesto a trabajar en cualquier cosa, en lo primero que saliese, pero no salía nada que mereciese la pena y se pasaba el día en el café, con la cabeza apoyada en el respaldo de peluche, mirando para los dorados del techo. A veces cantaba por lo bajo algún que otro trozo de zarzuela mientras llevaba el compás con el pie. Don Jaime no solía pensar en su desdicha; en realidad, no solía pensar nunca en nada. Miraba para los espejos y se decía: ¿quién habrá inventado los espejos? Después miraba para una persona cualquiera, fijamente, casi con impertinencia: ¿tendrá hijos esa mujer? A lo mejor, es una vieja pudibunda. ¿Cuántos tuberculosos habrá ahora en este café? Don Jaime se hacía un cigarrillo finito, una pajita, y lo encendía. Hay quien es un artista afilando lápices, les saca una punta que clavaría como una aguja y no la estropean jamás. Don Jaime cambia de postura, se le estaba durmiendo una pierna. ¡Qué misterioso es esto! Tas, tas; tas, tas; y así toda la vida, día y noche, invierno y verano: el corazón.La colmena
Camilo José Cela
26/12/2006
Con un poco de azúcar
Supongo que la navidad es una época bastante cruel para todo aquel que se encuentra en un bache. Al que cena lejos de su hogar y se harta de tanta gamba con mayonesa, al que descubre que ningún regalo le aguarda bajo el abeto o en el calcetín, al que se enfrenta al silencio, al vacío, a la luz del baño que se refleja en el espejo, en la bañera, en los azulejos, y no se afeita, esta época de guirnalda y purpurina quizás le resulte tan molesta como un dolor de muelas. A todos aquellos a los que la vida no les sonríe, que se amargan en su sofá, entre cojines y cáscaras de pipa, que aún esperan la llamada de alguien que les haga sonreir, el teléfono nunca suena, que temen erguirse ante la certeza de otro tropiezo, a todos aquellos que se quedaron sin fuerzas, que tiraron la toalla, que se cansaron de recibir patadas en el trasero, que rompen en trocitos las fotos que les recuerdan lo que ya no son, a todos aquellos que dejaron de soñar, que se muerden las uñas, que se encierran en su ombligo y se tapan con una manta hasta las orejas, les sugiero que no se escondan, que silben, que beban champán y olviden, que hagan como Abel que, ante el mensaje del rey en la tele, salió a la terraza y gritó: -Viva la república!!!-, o como yo, que me fui a la cama a las tantas, tras una botella de albariño de la que sólo me faltó tragarme el corcho, brindando a la salud del que pierde con el último chupito de orujo, danzando descalzo por el pasillo, agarrado en pijama a la cabeza de una dorada a la que le estalló un ojo en el horno, despertando a los vecinos, que se jodan, cantando aquella rima de Mary Poppins que aprendí cuando era un crío, a voz pelada, que decía así:Con un poco de azúcar
esa píldora que os dan,
la píldora que os dan
pasará mejor...
El hombre de Vitruvio
(Pelmeni escrito por Francisco M. Ortega)
Mi amigo Juan Pablo dice que es asimétrico. Tiene un ojo vago, un juanete en el pie de apoyo y una oreja más grande que otra. Sus prácticas onanistas le desviaron el sexo hacia la izquierda. Por eso mi amigo es un descreído de la proporción áurea.
Mi amigo Juan Pablo dice que es asimétrico. Tiene un ojo vago, un juanete en el pie de apoyo y una oreja más grande que otra. Sus prácticas onanistas le desviaron el sexo hacia la izquierda. Por eso mi amigo es un descreído de la proporción áurea.
25/12/2006
Cortando los hilos
Cuando uno corta los hilos, el títere se derrumba sobre la escena y después ya nunca se levanta. El que descubre que es de trapo se enfrenta a un dilema: forzar la sonrisa tras cada paso que otros le marcan o mandarlo todo a la mierda y liberarse con un ímpetu casi suicida de la madeja que le gobierna. Lo que me sucede es que, como esa marioneta que se hartó de fingir, caí desde lo más alto del teatro. Lo más sensato hubiese sido seguir el compás, engarzar una pirueta tras otra, aguardar el aplauso, pero no, uno se lanza al vacío, hacia lo que desconoce, aún a riesgo de perder el colorete en la mejilla y los pompones del traje a rombos. Y cuando ya sólo le conceden un hueco en la basura y un lugar en el olvido, el arlequín se yergue y danza un minué.23/12/2006
Biografía de un gorrión (III parte)
Gonzalo se presentó en los astilleros de José Gonzalez Chas, donde le contrataron como soldador de buques. Entre chispas y martillazos, colgado de una peana, le reparaba el casco a los barcos de bajura que atracaban en los muelles de Oza. De un marinero ruso, Nikolai Ivanov, que se gastaba sus cuartos en las putas que se escondían tras las grúas de la dársena del Parrote, aprendió insultos en cirílico y varias jugadas de ajedrez. Vivía Gonzalo con su tía Mercedes, Merche, la vikinga, viuda que enseñaba su escote por los bares del Birloque, con siete gatos detrás y aliento con olor a orujo. En el cine Hércules veía Gonzalo cada película del Oeste que se estrenaba en La Coruña. Después soñaba que era John Wayne y que en duelo se enfrentaba al bandido más buscado de Oklahoma. En un guateque de Monelos conoció a Trinita y se enamoró. Con ella bordaba cada paso de bolero y le arrimaba el cinturón a la falda. Pero Gonzalo no quiso atarse, no tan pronto, y después de una disputa tabernil en la que un cafre de un mordisco le arrancó un trocito de oreja, después se lo tragó, desde el mirador de Los Castros, con las luces de la ciudad brillando en sus ojos, el vino en su paladar y la camisa manchada de sangre, decidió largarse al extranjero.
-Yo te espero.
-No seas boba, mujer.
Gonzalo abrazó a Trinita, le dio una concha de la playa de Santa Cristina, donde se besaban, para que no se olvidase de él, y se fue. Al día siguiente cogió el primer tren que partía hacia Francia. Leía una novelita de indios y vaqueros, y cuando su vagón cruzó la estación de Irún, cerca ya de la frontera, Gonzalo se sentía como si cabalgase hacia la puesta del sol, sin otro destino, sin otro horizonte, sin otra perspectiva, al galope hacia Ginebra.
22/12/2006
20297
Se me escapó el gordo. No acabó en cero, como yo esperaba. Me metí en un bar de Alcalá con mi cupón y un botellín de cerveza. Los niños con corbata soltaban su cantinela mientras yo le preparaba el contrato de internet a un gitano. Y salió la bola. 20297. -¿Y tu qué harías si te tocase la lotería?
-¿Yo? Irme a una choza en Vietnam, a pie de playa, a comer langosta y a que me diese la brisa. También pagarle la deuda a Abel y firmar unos cuantos cheques para que cierta señorita debutase en Broadway.
Enrique Vargas Silva me invitó a unos maíces. Una cicatriz de navaja le partía el mentón en dos. A su mujer le chupaba la teta un enano con pañales.
-Si me instalas el teléfono gratis, te invito a comer.
Y allí estaba yo, almorzando con la familia Vargas en la calle Andrea Doria, un huevo frito, salchichas y patatas onduladas, mientras en la tele se repartían los últimos premios y en la radio de la cocina sonaba una canción de Camela: ¡Cuando zarpa el amor!
-No hubo suerte.
-Siempre nos quedará el bingo.
21/12/2006
Elogio a la locura de un tal Jota Uve
1.- Jota desafina en el karaoke. Moncho baila para un grupo de viejas. Diego canta como Sabina. -A que nadie se come un trozo de pan mojado en ginebra con un ducados.- Diego se lo zampa, se agarra la barriga y se derrumba sobre el sofá. Moncho roba unas sopitas de sobre y se larga. Jota vomita en el baño, enciende una grabadora y registra cada sonido, cada arcada, cada escupitajo.
2.- Jota se disfraza de Otero Pedrayo, con una calva y un traje que le queda corto. Berta va de Rosalía de Castro y Moncho de Manuel Antonio, con peluca, boquilla y pajarita. Acuden a una fiesta en casa de Silvia y Hele. Moncho esconde soldaditos de plástico en cada esquina. Jota reparte grelos y con un chorizo a modo de pincel en una cartulina recrea el combate entre lo clásico y lo abstracto tal como lo entiende lo él.
3.- Moncho y Jota se atreven con el París-Dakar, una treintena de tascas con otros tantos vinos de distintas bodegas. Se quedan a medio gas y con los últimos céntimos le rellenan la cunca en el Orense. Después Moncho le pide a Jota que se tire por una cuesta a rolos. Jota se voltea, baja dando giros como una croqueta, casi se estampa contra el caño de una fuente, se levanta como puede y del mareo se cae de culo.
4.- Moncho fuma salvia y se burla de un doberman que le persigue. Jota se retuerce entre los cojines, nada como un tritón, como un orador jesuíta suelta que San José es el mayor perdedor de toda la biblia, y se ríe tanto que le duele, una carcajada tras otra, hasta que protesta el vecino de abajo.
5.- Moncho y Jota se sientan en una plaza de Amsterdam. Se lían un porro. Los niños de una excursión del cole corretean tras ellos. Moncho se come una galleta de chocolate. Jota tiene siete años, le cuelgan las piernas, se quita un moco.
6.- Antes de marcharse al Parque Güell, Peri y su hermana se encuentran con Jota, en calzones, con la melena suelta y la tripa al aire, saltando sobre la cama de Moncho, dirigiendo con un palillo chino a una orquesta de peluches el Así habló Zaratustra, de Richard Strauss.
7.- A Jota, que viste una falda casi escocesa, una bandera de Portugal como si fuese su capa y un gorro de borracho irlandés, se le acerca un yonqui en Ortigueira y le da un lametazo en el cuello:-Eres el mejor tripi de todo el puto festival.
8.- En Helsinki, Jota se planta ante un mar de hielo y lanza un rugido:-Hostiaaa!!.- Moncho le condecora con la medalla al mérito, una chapa de cerveza con el dibujito de un oso polar.
9.- Jota se excede con el vodka en una cocina de San Petersburgo. Baila con Charli, brinca y palmea. Otra vez en calzones, se tuerce y se desmorona sobre los tablones del suelo. Charli le saca una foto.
10.- Como un Polichinela a rombos, como un don Juan sin su percha, Jota danza entre las ruinas de un pabellón moscovita donde en otros tiempos lucía la hoz y el martillo.
20/12/2006
Poética del chispum
El doctor Ernesto Azevedo paga los cafés. Pereira, que le ayuda a ponerse el abrigo, a veces le escucha, a veces no.-¿Qué sucede cuando cae el telón y se callan los aplausos? ¿Usted lo sabe? El arte no entiende lo que es un después. Un poema acaba en su último verso, quizás nunca rime, pero tras esa estrofa, la vida continúa para el que lo lee, para el que lo escribe.
Simón Pereira abre el paraguas y acompaña a Ernesto Azevedo hasta el tranvía.
-Sí, la vida es cruel. Nunca concede ni una tregua, que el reloj no se detiene ni cuando abrazas a una mujer, ni cuando lloras en el tren que te aleja de Lisboa. Uno sueña y tropieza hasta que ya no le quedan más piezas en el tablero. Y yo, que perdí mis peones a la mitad de la partida, sólo con el arte pude ser aquello que nunca fui, retener cualquier momento a mi antojo, idear cada día como un capítulo, cada tango como una despedida. Y que me juzguen de cursi o anticuado. El que confunde su vida con una novela busca un final en el que luzca su firma.
Ernesto Azevedo entra en su buhardilla de Mouraria. Afuera llueve. Se corta las venas mientras escucha la sexta de Mahler. La sangre tiñe de carmesí el esmalte de la bañera. En su rostro una mueca se insinúa, quizás sea una una sonrisa. Como en el cuadro de David, aquel de la muerte de Marat, de su mano cae una nota al agua.
-Éste es mi punto y aparte.
19/12/2006
A golpe de espuela
Mascando tabaco y afinando la puntería con latas de refresco, así se forjó un imperio. Lo peor de cada cárcel se fue al Oeste, un indio por bala, y al que no le guste, que le eche ketchup. Con la fiebre del oro aún por sus venas, entrando a tanque o caballo en esas disputas en las que ya todo está decidido, como el buitre que nunca se la juega, así gana cualquiera, la bomba nuclear defiende el disparate, la frontera se usa como excusa, in god we trust, si protestas te lanzo un misil, en las estrellas de esa bandera la hache de honor nunca se intercala, y que el dólar suba a la luna en cohete, que aquí se inicia el caso de Moncho F. Souto contra el pueblo de los Estados Unidos.Yo acuso al cowboy de ser el abusón del cole. Que colonizen Marte, que se larguen con sus reses y sus pistolas al espacio, que no molesten más a los que creemos que un bigote poblado no esconde un atentado. Aquí nadie es la ley ni el bueno de la peli. Si temen lo que desconocen, pues que se encierren en su sótano o que se vayan con sus rifle a Venus y se maten entre ellos, que si un japonés pretende suicidarse, se corta las tripas en su cuarto, casi en un ritual, de rodillas, con los ojos cerrados, y el yanqui, antes de irse al otro barrio, se asoma a la ventana con su escopeta y se lleva a unos cuantos por delante. Y que Cuba invada Ohio y Montana a ritmo de conga o la mostaza llegará hasta el pueblecito más perdido en las montañas de China, que ni Nueva York ni Casablanca salvan una cultura basada en el escaparate y la salsa de barbacoa.
18/12/2006
Woman at the window
Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.
Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.
Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están inventados ya.
Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.

La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.
Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.
Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están inventados ya.
Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.
La voz a ti debida
Pedro Salinas
17/12/2006
Lobos con piel de cordero
Lo del cocker que mató a un bebé no es ninguna leyenda urbana. Por un hueso de pollo, mi perrita Dana, una yorkshire de lo más tímida y obediente, le intentó arrancar a mordiscos la oreja a Lúa, que del susto, como tenía el morro achatado, peor lo pasaba en verano, casi se nos ahoga. Acaricia a un oso polar, que aunque parezca de peluche o sacado de algún anuncio de refrescos, perderás la mano, si antes no te desangra de un zarpazo y te devora las tripas. Esto del lobo con piel de cordero es algo que me asusta desde que soy un crío. Un hámster al que llamaba Cervantes, que el muy caníbal se mutiló el brazo con sus dientes hasta dejarlo en muñón, de ahí lo del manco de Lepanto, le saltó a la yugular a mi abuela Trini. Ella, que era de pueblo, ningún cerdo se le resistía, lo cogió del gaznate, alzó el cuchillo y le cercenó la cabeza de un tajo. Y eso que el roedor resultaba de los más entrañable al corretear en la noria de su jaula, al eructar la cáscara de las pipas, al esconderse entre los algodones. De acuerdo, pues ahora aplíquese este caso a los humanos. El que sufre quizás guste de un abrazo, en silencio, de un ombligo en el que acostarse, pero no que se apiaden de él, mucho menos que le suenen los mocos y aplaudan el papel que le tocó en un drama de tal calibre. Aquel que se nos presenta como una monjita que nunca rompió un plato, oculta tras de si el zarpazo del oso polar. Cuando alguna de las personas a las que más quiero me necesita, no acude a mí, porque yo la busco antes. Y los demás, los otros, que se guarden esos lamentos que lanzan a la galería, se enfadó conmigo, ya no me habla, perdona pero no olvida, que a mí no me convencen, y que me llame hijo de puta todo aquel bastardo que ni se merece que sienta lástima por él. Los que me conocen, ya saben lo que hay, pues detesto que una emoción no sea cierta, que pierda una lágrima toda su fuerza, que las cosas no se digan por su nombre. Y aunque exagerase, ante el cubata de larios, con más de una cicatriz en lo que aún le quedaba de corazón, ya lo escupía mi padre: -Desengáñate, Moncho, el que llora delante de ti, se queda con tu pañuelo.
16/12/2006
Vacaciones en Roma (cuarteto para cuerda)
III. AdagioSuena el despertador, Moncho se ducha, Cris bosteza, toman un bus que les lleva hasta las afueras de Roma, bajan a las catacumbas, la guía pide en italiano que nadie se asuste con una esvástica tallada en la roca, era el símbolo de un rito oriental que seguían los patricios, después los nazis se la pintaron al brazalete, junto a las antorchas con enchufe aquellos cristianos que morían entre los dientes de un tigre con una tiza trazaron panes y peces, un sacerdote polaco se santigua ante San Sebastián, al que una flecha le atraviesa el costado, Moncho y Cris vuelven a San Juan de Letrán, donde los apóstoles como colosos barbudos les señalan con el dedo, saltan del metro en Ottaviano, en la Plaza de San Pedro un obelisco traído de Egipto eleva la cruz hacia el cielo, entran en la basílica, las columnas se retuercen, los cristales se iluminan, la Virgen sostiene a Jesús en una caricia de mármol, todo es oro, basalto y rubí, tropiezan en varios escalones hasta auparse a la cúpula de Miguel Ángel, Roma suena a campana y a misa en latín, ora pro nobis, comen pizza en el mismo portal que ayer, le preguntan a un taxista por la Villa Borghese, David se muerde el labio, Dafne se transforma en laurel, un angelote sonríe ante el coño de la Venus más cachonda de todo el barroco, Moncho y Cris se pierden, casi les atropella un coche, hasta que se encuentran con el auditorio nacional, donde se cuelan, ella del brazo de él, con gesto aristócrata y modales parisinos, ¿vienen ya los animales?, aún no, el pianista se atreve con una sonata de Poulenc, ¿y ahora?, ¿animalitos?, sí, sí, la orquesta de cámara interpreta el Carnaval de los Animales, de Saint-Saens, el león, la tortuga, el canguro, enciende una bombilla el cuco y toca el oboe, aplausos, se sientan en el bus que les dejará en Termini, no pagan billete, Cris imita a una ardilla, Moncho se averguenza ante un turista alemán, cenan en la pensión, lasaña de carne y champán en vaso de plástico, Moncho se acuesta en la barriga de Cris, se hunde en su ombligo, donde descubre un mar en miniatura, el eco de una caracola, Cris se duerme, sueña con un elefante que toca el violín, Moncho la tapa con el edredón, le separa el pelo tras la oreja, le dibuja en el moflete un poema en espiral.
15/12/2006
Es lo que hay
Abel está en números rojos. Le debe dos mil euros al banco. Hasta febrero no salda la deuda. Trabaja en un hotel, cerca de Atocha, madruga, el jefe le putea, casi no come, que se ha pasado a la dieta del perro, un solo plato de arroz al día, a este paso se queda en los huesos, y aún así el sueldo no le alcanza, que los fines de semana se va al Vicente Calderón, por cada socio que capte le dan unas cuantas monedas y un pase para el fútbol. -Tenemos que comprar un boleto a medias, que este año el gordo acaba en cinco.
Moncho vende Internet en las afueras, a los negros de Coslada, a los polacos de Alcalá. Si no consigue veinte contratos en un mes lo echan a patadas. ¿Tiene usted banda ancha? No, gracias, no me interesa. Pero si aún no sabe en qué consiste esta oferta. Que no me moleste, le digo. Pues váyase a la mierda. O le muerde un caniche el tobillo o le explica al viejo de Getafe como funciona un módem.
-Si me tocase la quiniela, tú dejabas el hotel y yo el ir de puerta en puerta, nos metíamos una panzada de marisco y cogíamos el primer avión que saliese hacia Pekín.
Dicen que en Madrid se triunfa o se fracasa. Lo de perder no se lleva tan mal cuando en el bar te fían y en cada esquina hay un rumano tocando el acordeón. Abel y Moncho se sientan en el bordillo de la acera y se fuman un cigarro.
-Ya sólo nos falta hacernos del Atleti.
13/12/2006
Así comienza otra novela
Se fue. Lo mandó todo a la mierda y se fue. Nada, ni una llamada de teléfono, ni una nota de despedida. Hizo la maleta, tomó el avión de las cinco menos cuarto y voló de Barcelona a La Coruña. Se escondió en el asiento, apoyó su cabeza en la ventanilla e intentó que la azafata que repartía caramelos con una sonrisa de oreja a oreja no descubriese la lágrima que se le había caído sobre los vaqueros. Nadie le esperaba en el aeropuerto, ningún abrazo, ningún cartel con su nombre. El taxista no dijo ni pío. Al llegar a casa de sus abuelos, metió la ropa en la lavadora y se miró en el espejo. -Deja de llorar, que pareces una cebolla.
Todo un personaje ese Nacho. Se duchó, se puso un chándal y bajó en bicicleta del barrio del Castrillón al de la Gaiteira. Las excavadoras de un tal Isidro, constructor asociado al negocio inmobiliario de la mujer del alcalde, se habían llevado por delante, casi sin permiso y con el escombro como respuesta, el callejón en el que Nacho jugaba a la pelota cuando era un crío. El cilindro tricolor de la barbería de Miro nunca volvería a girar y entre los ladrillos y las grietas de cemento ya no se oían los ecos de transistor, ni las guasas del Costilleta, que era un cachondo, ni la maquinilla que bordeaba la calvicie de Luis Pernas, al que le cerraron la taberna. Las casitas del corralón se quedaron en los huesos. Cayó el colorín de los azulejos. La familia de Tito, como la de tantos otros, se fugó a los áticos de la periferia, a disfrutar del videoclub en la esquina, el jardín sin cacas de perro y los domingos en silencio. La Gaiteira, el que quizás fuese el barrio más eslavo de toda la ciudad, sin el musgo en los tejados ni el olor a lejía, se había convertido en un escenario en ruinas y a Nacho, aunque suene un poco cursi, ya sólo le quedaba asistir al final de aquella ópera, pues anochecía, con un cigarro en los labios, danzando entre los cascotes cada recuerdo que le asaltaba, fumando bajo las grúas, esos pájaros de metal que nunca supieron volar como las palomas que de ellas se burlaban.
-¿Y ahora qué?
12/12/2006
Urge charcutero
Me muevo entre la oferta y el rechazo. Estos son sólo algunos de los trabajos que me proponen, y no bromeo:1-Contar la gente que sale del Zara con bolsas de la compra (Ventajas: ver piernas bonitas y aprender algo de moda. Inconvenientes: asistir a una pasarela de maniquíes y volverse loco con tanto perfume y pestaña hacia arriba.)
2-Ser ayudante de detective (Ventajas: lucir sombrero, fumar en boquilla y aguardar al sospechoso apoyado en una farola, leyendo el periódico. Inconvenientes: que te mate algún cornudo.)
3-Trabajar en un matadero (Ventajas: comer carne fresca a precio de ganga, aprender cada parte del cerdo y sacar músculo. Inconvenientes: volverse vegetariano.)
4-Contar los coches que se desvían en un cruce de la M-30 (Ventajas: el morbo de que se produzca algún accidente. Inconvenientes: los sabañones en la oreja.)
5-Repartir flyers en un instituto de Vallecas (Ventajas: se desconocen. Inconvenientes: Vallecas.)
6-Trabajar en un salón de juegos (Ventajas: contar la calderilla. Inconvenientes: el tiriliru de las tragaperras.)
7-Pasear perros (Ventajas: conocer a una chica con caniche. Inconvenientes: enfrentarse a un macarra con pitbull.)
Ya que no surge ningún trabajo de lo mío, antes de que me coma el título de historiador del arte con patatas y un poco de salsa de tomate o empeñe las gafas y el diente de oro que no tengo a cambio de un abono para el metro, y a la espera de que me toque la lotería en navidad, me ofrezco como charcutero o mariachi, en cuales sean las líneas a seguir, cortar mortadela, desafinar a la trompeta,... Con mi formación académica creo reunir los requisitos específicos para introducirme en este entorno. Dicho lo cual, me sería muy grato tener ocasión de demostrar mis aptitudes en su tienda o taberna, con lo que me gustaría solicitar la oportunidad de concertar una entrevista con ustedes. En espera de sus noticias, les saluda atentamente un hombre que ya se cansa de tanta sardinita, de tanto pan de molde, de tanto macarrón.
11/12/2006
El general no tiene quien le escriba
Anoche se murió otro buitre. Y ya quedan menos. El general Augusto Pinochet se fue al otro barrio como un hombre más, sin bastón de mando ni gafas de sol, como un viejecito casi entrañable al que se le caía la dentadura. Lo decía mi abuelo Eduardo, que la muerte nos igualaba a todos. A lo mejor, a Pinochet le hubiese gustado perder la vida en un campo de batalla, defendiendo el nombre de su patria, a caballo, con el sable en alto y la capa al viento, pero no, le tocó la camilla de un hospital, sin riesgo ni gloria, vencido por la morfina, con un rastro de baba seca en torno a los labios.Si es que a cada dictador le llega el final que se merece. Hitler esperaba una fanfarria de trombones en el ocaso del III Reich y, como tras dispararle a su perro y a su mujer el revólver ardía, se lo metió en la boca y se quemó la lengua. A Mussolini, siempre tan teatral, lo colgaron en una plaza de Milán junto a su amante Clara Petacci, y los mataron a palos, como en una cucaña. Stalin perseguía una mosca, tropezó en su maqueta del mapa de Europa y se partió el cuello contra el muro de Berlín. Con Ceaucescu, que obligó a los rumanos a lucir un solo estilo en el corte de pelo, jugaron al tiro a la diana. Fue un ratón el que acabó con Franco, pero esta historia la cuento otro día. Y en cuanto a Pinochet, que persiguió a rojos, a ateos y a masones desde el butacón de su despacho, que ordenó que lanzasen a cualquier criminal desde la cabina de un avión al océano, después los cuerpos llegaban a las playas, y que encerró a los suyos, los chilenos que ante la bandera juró defender, en estadios de fútbol, dejó que se cagasen, los abofeteó y los enterró como piezas de carne sin orgullo ni apellidos, en tierra de nadie, cuando se acercó el cura, le gritó al oído:
-¡Un caballo!, ¡traedme un caballo!
Pues sí, el general perdió la cordura, si es que alguna vez la tuvo, se sentó con sus pañales en el colchón y comenzó a galopar, hasta que el corazón se le detuvo, mordió la sabana y se murió. Algo que también repetía mi abuelo Eduardo era que el honor no se consigue con medallas. Y es cierto. Pinochet no se merece ni un poema. Si hasta le fallaba el sentido del humor, que se burlaba de los negritos del Congo y ni se reía con los chistes de Lepe. Así no se sale en los libros de historia.
10/12/2006
Que vengan...
Agustín estaba de pie junto a Robert.
-¿Quieres que te mate, inglés? -, preguntó, inclinándose hacia él.-¿Quieres? Sólo cierra los ojos , que yo te disparo.
-No hace falta.-, contestó Robert Jordan. -Puedes marcharte, estoy muy bien aquí.
-Vaya mierda.-, gritó Agustín. Lloraba y no veía a Robert Jordan.-Salud, inglés.
-Salud, hombre. Y cuida de María, ¿quieres?
-Eso ni se pregunta.-, dijo Agustín. -¿Tienes todo lo que te hace falta?
-Hay muy pocas municiones para esta máquina, así es que me quedo yo con ella
-He limpiado el cañón. Se llenó de tierra al caer tú al suelo.
Agustín estaba ya a caballo, pero aún no se iba. Se inclinó hacia el árbol, contra el que Robert Jordan se recostaba .
-Vete, amigo.-, le pidió Robert Jordan.-En la guerra suceden cosas como ésta.
-¡Qué puta es la guerra!-, dijo Agustín.
-Sí, hombre, sí, pero vete ya.
-Salud, inglés.-, dijo Agustín, cerrando el puño derecho.
-Salud.-, dijo Robert Jordan.
Agustín dió media vuelta a su caballo, bajó el puño de golpe, como si maldijera, y se fue al galope.
-¿Quieres que te mate, inglés? -, preguntó, inclinándose hacia él.-¿Quieres? Sólo cierra los ojos , que yo te disparo.
-No hace falta.-, contestó Robert Jordan. -Puedes marcharte, estoy muy bien aquí.
-Vaya mierda.-, gritó Agustín. Lloraba y no veía a Robert Jordan.-Salud, inglés.

-Salud, hombre. Y cuida de María, ¿quieres?
-Eso ni se pregunta.-, dijo Agustín. -¿Tienes todo lo que te hace falta?
-Hay muy pocas municiones para esta máquina, así es que me quedo yo con ella
-He limpiado el cañón. Se llenó de tierra al caer tú al suelo.
Agustín estaba ya a caballo, pero aún no se iba. Se inclinó hacia el árbol, contra el que Robert Jordan se recostaba .
-Vete, amigo.-, le pidió Robert Jordan.-En la guerra suceden cosas como ésta.
-¡Qué puta es la guerra!-, dijo Agustín.
-Sí, hombre, sí, pero vete ya.
-Salud, inglés.-, dijo Agustín, cerrando el puño derecho.
-Salud.-, dijo Robert Jordan.
Agustín dió media vuelta a su caballo, bajó el puño de golpe, como si maldijera, y se fue al galope.
Por quién doblan las campanas
Ernest Hemingway
09/12/2006
Oink, oink...
-Hasta que no cumplen los dos años todos los bebés son como repollos que huelen a mierda-, le decía Moncho a Andrea. -Ahora que si tu amiga va a salir contigo y no volvéis hasta las tantas, que me deje a la niña, que yo se la cuido.
Helena, con hache, porque es medio brasileña, se aupó con su chichito al sofá. Paula, su mamá, explicó no sé que teoría de un tal Estivill, que si la niña llora no le hagas caso, y Moncho, que sólo se crió con leche de teta y el método Milton, oyó aquella sandez y no abrió la boca. Con no cumplirle cada capricho que se le antojase bastaba, y en el caso de que pillase una rabieta pues se le daba un cachete y punto, como siempre se hizo, como siempre se hará. Cuando marcharon Paula y Andrea, Moncho se sentó frente a la tele. Helena le metió un dedito en el ojo, escupió el chupete y de un bofetón le arrancó las gafas y se las tiró al suelo. Moncho se mordió la lengua.
-Nena, eso no se hace.- Fue a la cocina, a por el biberón, y cuando regresó al salón ya no estaba la niña, que corría por el pasillo, que se agachó y casi mete la nariz en un enchufe. Moncho la cogió como a un peluche y le quitó los patucos. Jugó con ella al avión, al tule y le enseñó a bailar reguetón. Helena soltaba sílabas en ruso y se caía por los cojines, hasta que perdió su mirada en la pared, así durante varios minutos, y se cagó. Moncho, a su pesar,
tuvo que cambiarle el pañal, y como aquella caca olía a estiércol, o peor, le entró una arcada que casi acaba en vómito. Después le persiguió con un cerdito de un lado a otro. Oink, oink... Cuando se acostaron, Helena se apoyó en su barriga y allí se durmió, que Moncho casi roncaba y con cada suspiro le subía y le bajaba el chicho a la niña.
tuvo que cambiarle el pañal, y como aquella caca olía a estiércol, o peor, le entró una arcada que casi acaba en vómito. Después le persiguió con un cerdito de un lado a otro. Oink, oink... Cuando se acostaron, Helena se apoyó en su barriga y allí se durmió, que Moncho casi roncaba y con cada suspiro le subía y le bajaba el chicho a la niña.-¿Y aún crees que todos los bebés son como repollos que huelen a mierda?.- Moncho asentía, por supuesto que sí, lo decía antes y también lo digo ahora, le guiñó el ojo a Helena, que se reía, y le dió un beso en el moflete.
08/12/2006
Afuera llueve
-Muchos pensadores han querido orientar su mirada hacia el arte como alternativa, lo cual no es más que una ilusión. No es sólo que el arte no puede cambiar la vida, sino que además proporciona un falso consuelo y un falso conocimiento de lo que resulta objetivo. Pues cómo se explican entonces todas esas pamplinas del arte comprometido y los problemas del realismo, cuando sólo con sarcasmo se puede admitir que el arte jamás conseguirá remediar las condiciones miserables en que viven al menos uno de cada tres habitantes de este planeta, pues no conozco otro.- En un café de la Baixa de Lisboa, el doctor Ernesto Pinto y Azevedo sorbe su taza de capuchino. Simón Pereira a veces le escucha, a veces no. -Pero hay algo en el arte que rompe ese esquema: en él, por extraño que parezca, se da la unidad ideal entre lo que hago y lo que deseo. El libro que se escribe es exactamente el libro que se quiere escribir. Es cierto que el artista puede estar condicionado por la pobreza de medios, por su capacidad para manejar los recursos expresivos o incluso por el estado de la técnica en el momento en que se enfrenta a su dilema, pero en general el arte se nos muestra como lo que es, de todas las vías que lo intentan, la única en que la libertad se realiza.- El doctor Azevedo se lía un cigarro de picadura. Pereira bosteza. -En ese sentido, tal vez el arte nos presenta otro modelo de los hasta ahora ensayados en nuestro modo de dirigirnos hacia el mundo, hacia los demás hombres y hacia mí mismo, modelo en el que acaso, al alejarnos de lo político que fracasa y de lo religioso que ya no convence, nazca otra forma de ser libre.-¿Qué sugieres entonces, Ernesto?
-Pues que cada uno, al cocinar, al barrer, al besar o al sonreír, se sienta tan artista como tú, como yo o como esa niña con coletas que, aunque llueva y se moje, espera el tranvía.
07/12/2006
Biografía de un gorrión (II parte)
Y a Gonzalo lo metieron en el calabozo, por liarse a tortazos en el zoco con un sargento francés que se negó a pagar lo que perdió al tute. Después estuvo como dos meses pelando patatas, hasta que le dieron un rifle y demostró que a puntería no le ganaba nadie, que era capaz de acertarle a un dátil con una venda en los ojos. Y no exagero. A la noche, cuando fumaba en la guardia del fortín, desde las torretas veía llegar a las moras, con sus uñas tatuadas y sus sandalias por la arena, que les alquilaban sus tetas a los soldados por algún jarro de leche. A Julito Sanjurjo, uno de Palencia, de tanto frecuentar un harén de la medina al que muchos, debido a la edad de sus putas, conocían como el desguace, le entró la sífilis y el médico más bruto del cuartel le tuvo que amputar la polla. Si eras un asesino, un ladrón o un rojo, si lo que querías era olvidar tu pasado o si te sucedía como a Gonzalo, que no tenía ni una peseta en el bolsillo, lo mejor que podías hacer en el año 1947 era alistarte a la legión: una paga, un fusil y ninguna pregunta. Dicen que cuando llegó ese verano hubo altercados en Tetuán. Debido a que Gonzalo espantó con varios disparos de su revólver a un tumulto de moros que se abalanzaban sobre la embajada de España, le ascendieron a cabo, le clavaron una medalla en el uniforme y le encomendaron la misión de velar por el caballo del coronel Emilio Matute, que más que corcel era yegua vieja. Gonzalo, después de mucho alisarle las crines, se aupó a la silla de montar y trotó por las dunas del desierto como un jeque de otros tiempos. Sólo le faltaba el sable y el turbante. Lo que sucedió fue que la yegua, con tanto esfuerzo, al regresar al fortín se desplomó ante las narices del coronel y allí se murió, echando espuma por la boca, y Gonzalo volvió al calabozo, donde las moscas le acosaron durante una semana como si él fuese un filete de bacalao. Fue allí, con sudor hasta en el ombligo, donde decididó dejar el ejército. Cogió su mochila, le hizo un corte de mangas al retrato del general Franco, entregó sus botas, se despidió de una tal Zaida, la del burdel de la calle Tarrafin, la que olía como a cereza, y se marchó en un camión militar al puerto de Melilla, donde tomó un barco hacia Málaga. Sólo entonces sintió la morriña como un pinchazo en la barriga al recordar el verde de los bosques de Galicia. Cruzaba Gonzalo las aguas del Estrecho y entornaba los ojos con aquel sol como de cartón que se hundía tras unos islotes, a lo lejos.-Yo me vuelvo a La Coruña, que allí no trabaja el que no quiere, me busco piso y mujer, a lo mejor cae el coche, sino otra moto, y después, dios dirá.
06/12/2006
Se me acabó la tinta
Por las callejas de Madrid, se acerca el invierno. Uno se pasea por La Latina, con sus gafas de alambre y su barba de tres días, y le suena la tripa. Quizás hayan vuelto los tiempos del anís en estraperlo, los carteles de cine del Oeste, el clavel tras la oreja, el barquillo, la peonza, los colchones sin sábana y el café a dos pesetas. Se me cae el pantalón y cuando, a cada paso, por la cintura me resbala la cremallera sin sujetarse a los calzones, recuerdo aquel final de La Colmena, donde Martín Marco se burla de un artículo del periódico, el de los pueblos del cinturón. -Sí, me voy a organizar. Trabajar todos los días un poco es la mejor manera. Si me cogieran en cualquier oficina, aceptaba. Al principio, no, pero después se puede hasta escribir, a ratos perdidos, sobre todo si tienen buena calefacción. Los céntimos que me sobran no alcanzan ni para un chocolate, pero sí para un cucurucho de castañas, que meto en el bolsillo de mi trenca. Como tengo un guante descosido, me calienta las manos. Lo del tabaco ya es otro asunto. -Disculpe, ¿tiene un cigarro?.- Me siento en un banquito de la Plaza de Oriente. Trazo estas palabras aquí, a 6 de diciembre de algún año que se acaba, como la tinta de este boli. Antes de que eso suceda: alguien toca al acordeón un vals de Chopin, un vals en blanco y negro, un vals que suena como un beso, un mordisco, unos puntos suspensivos...05/12/2006
En defensa de Lamarck
Llegué al polígono de Fuencarral, al final de la linea 10. Había firmado un contrato para trabajar durante dos meses como asesor de interiores. Esta luz no es la adecuada. Esta lámpara no destaca. Me recibió una pija con tacones de medio metro, aliento a tabaco, bronceado artificial, y el hijo de papá, con su apellido como excusa, su corbata rosa y sus tirantes a la última.
-Somos imagen. Así que deberás usar traje, llevar lentillas y afeitarte la perilla.
También me explicaron, como resumen de las leyes de Darwin, lo de adaptarse o morir, cómo mover las manos para distraer al cliente (gesto conciso, nunca brusquedad) y que aquel empleo no consistía tan sólo en fichar y lucir sonrisa de oreja a oreja, sino que era algo más que eso, un modo de vida: decorar, diseñar, convencer. Mientras tanto, yo a todo les decía que sí, como a los locos, y en un bloc dibujaba a un ratón con peluca barroca y con las teorías de Lamarck, que aún hoy se consideran erróneas, en una viñeta:
Lamarck postula dos fuerzas evolutivas: por un lado, la tendencia intrínseca de la naturaleza hacia el aumento de la complejidad daría cuenta del tronco ascendente que puede trazarse desde los organismos más sencillos hasta los más complejos; por otro, la acomodación de los organismos a las circunstancias externas y la herencia de tales ad
aptaciones explicaría las desviaciones que ramifican esa gradación regular.
aptaciones explicaría las desviaciones que ramifican esa gradación regular.Es decir, así como a la jirafa le fue creciendo el cuello para alcanzar su alimento en las ramas altas de los árboles de su hábitat, el hombre, a base de tanto fingir, se encierra en su ombligo, como en un reflejo de lo que no es, hasta que su carácter desaparece ante los demás y, lo que es peor, ante sí mismo. Pretendo demostrar así la validez de esta teoría, pues dentro de unos años, según mis cálculos, nadie será real ni sentirá lo que le rodea. Y punto. Después me levanté, fui a echar un pis y, como el eslabón perdido que soy, no regresé. Digamos que renuncié a un sueldo de mil euros por unos cuantos pelos bajo mi nariz.
04/12/2006
Quiso apartarse
Dos doncellas que estaban paseando volvieron la cabeza para mirarla e hicieron un comentario en voz alta sobre su vestido. Son verdaderas, dijeron de las puntillas que llevaba. Los jóvenes no la dejaban tranquila. La miraban al rostro con insolencia, pasaban y repasaban por su lado y le decían palabras que no llegaba a entender o no quería. El jefe de la estación le preguntó si tomaba aquel tren. El chico que vendía kwass no apartaba sus ojos de ella.
Dios mío, ¿adónde iré?, pensó Ana.
Al final del andén se paró.
Una señora y unos niños que habían ido a recibir a un señor con lentes y que reían y hablaban con voces muy animadas, callaron al verla y, después de haber pasado ella, se volvieron para mirarla. Ana apresuró el paso y llegó hasta el límite del andén.
Se acercaba un tren de mercancías.
Las maderas del andén trepidaron bajo sus pies, se movieron dándole la sensación de que se encontraba otra vez de viaje.
De repente se acordó de aquel hombre que había muerto aplastado el día de su primer encuentro con Vronsky y comprendió lo que tenía que hacer. Con paso rápido, ligero, bajó las escaleras que iban del depósito de agua a la vía y se detuvo al lado mismo del tren que pasaba.
Examinaba tranquila las partes bajas del tren: los ganchos, las cadenas, las altas ruedas de hierro fundido. Con rápida ojeada midió la distancia que separaba las ruedas delanteras de las traseras del primer vagón, calculando el momento en que pasaría frente a ella.
Allí, se dijo, mirando la sombra del vagón y la tierra mezclada con carbón esparcido sobre las traviesas, allí en medio, así le castigaré y me libraré de todos y de mí misma. Quiso tirarse bajo el vagón, pero le fue difícil desprenderse del saquito, cuyas asas se le enredaron en la mano, impidiéndole ejecutar su idea con aquel vagón. Tuvo que esperar el siguiente. Un sentimiento parecido al que experimentaba cuando, al bañarse, iba a entrar en el agua, se apoderó de ella, y se persignó.
Aquel gesto familiar despertó en su alma una ola de recuerdos de su niñez y su juventud y, de repente, las tinieblas que cubrían su espíritu se desvanecieron y la vida se le presentó con todas las alegrías, radiantes, del pasado. Pero, aún así, no apartaba la vista del segundo vagón, que se acercaba. Y en el preciso instante en que ante ella pasaban las ruedas delanteras, Ana lanzó lejos de sí su saquito de viaje y, encogiendo la cabeza entre los hombros, se tiró bajo el vagón.
Ana Karenina
Lev Tolstoi
03/12/2006
Hacerse de piedra
02/12/2006
Vacaciones en Roma (cuarteto para cuerda)
II. AllegrettoSuena el despertador, mientras Cris se ducha, Moncho se fuma un cigarro apoyado en la ventana de la pensión, una gaviota que se alejó del mar vuela sobre Termini, desayunan en un café donde les atiende una italiana que se perdió en los ochenta, con sus mechas y su traje ajustado a la hombrera, piden un bollo de crema y un capuchoc (capuchino con chocolate y nata batida), toman el metro hasta Ottaviano, en el vagón viajan con colillas y chicles pegados al asiento, entran en los Museos Vaticanos, un angelote se agarra a las barbas de un santo, la Virgen se desmaya cuando bajan a Cristo de la cruz, huele a tapiz, a pincel, a libro usado, Moncho y Cris se sientan en un banquito de la Capilla Sixtina y charlan sobre dedos que no se tocan, músculos que se tuercen, cuerpos que giran, que danzan, que casi se caen, les suena la tripa, comen varios trozos de pizza en un portal sin número, junto a la Plaza de San Pedro, uno con champiñones, el otro de anchoas, cruzan el puente de Sant´Angello, Moncho esquiva la cagada de una paloma, Cris sonríe, en la Piazza Navona la estatua del Nilo se tapa los ojos, con tanto Bernini y Borromini, Roma parece un imposible acabado en i, un barroco en curva, una nota de órgano, un desliz, Moncho se resiste a lanzar un grito que resuene por los casetones del Panteón, Cris cuenta los agujeros por los que se colará el agua cuando llueva, la trompa de un elefante de mármol se enquista, se pierden por callejas y palacetes, Cris roba dos velas en otra iglesia, ya en el Campo dei Fiori, donde quemaron a Giordiano Bruno por decir que la tierra era redonda, lo cual es mentira, una vieja con mandil se queja como una grulla, anochece, llegan al Trastévere, barrio de farolas, ropa en los tendales y cubos de lejía, se inventan la voz de un angelote gordecho, soy todopoderoso, hago lo que quiero, Moncho lo intenta, Cris lo borda, en silencio, se abrazan a una esquina, se miran, se les enreda un botón al ombligo, pasa una vespino, compran champán y fruta, se detienen en un puente sobre el Tíber, Moncho se asoma al río, Cris muerde una naranja y se mancha la nariz.
01/12/2006
Mascarada para ratones, op.1
-Música: Pulcinella, de Stravinsky
-Escenario: Venecia (cajas de cerillas, plastilina y pinzas)
-Argumento: En la Italia del S.XVII, un ratón se cuela en el Palacio del Dogo de Venecia y se come su queso. Después huye por canales y tejados, se enfrenta al gato del cardenal, se mesa los bigotes, juega a los dados, brinca por las cúpulas de San Marcos, baila un minué, se bate en duelo por el beso que le dió a una tal Mimi, lo hieren con el florete en la tripa y, antes de morir, se cubre con su máscara, danza una tarantela, se pierde entre los disfraces del carnaval, sonríe.
-Estreno: 24 de Febrero, Auditorio de la Buhardilla del Pombal, Santiago de Compostela (aforo limitado)
(Nota del coreógrafo: No resulta sencillo enseñarle a un ratón cómo se ejecuta un pas de deux. Si el ballet no avanza, otro fracaso más tras aquella Medea para babosas, me dedicaré al circo de pulgas, donde las piruetas, al no verse, se imaginan.)

-Escenario: Venecia (cajas de cerillas, plastilina y pinzas)
-Argumento: En la Italia del S.XVII, un ratón se cuela en el Palacio del Dogo de Venecia y se come su queso. Después huye por canales y tejados, se enfrenta al gato del cardenal, se mesa los bigotes, juega a los dados, brinca por las cúpulas de San Marcos, baila un minué, se bate en duelo por el beso que le dió a una tal Mimi, lo hieren con el florete en la tripa y, antes de morir, se cubre con su máscara, danza una tarantela, se pierde entre los disfraces del carnaval, sonríe.
-Estreno: 24 de Febrero, Auditorio de la Buhardilla del Pombal, Santiago de Compostela (aforo limitado)
(Nota del coreógrafo: No resulta sencillo enseñarle a un ratón cómo se ejecuta un pas de deux. Si el ballet no avanza, otro fracaso más tras aquella Medea para babosas, me dedicaré al circo de pulgas, donde las piruetas, al no verse, se imaginan.)
30/11/2006
Cortito de café y sin espuma
(Pelmeni escrito por Jota Uve)- Hola, buenas tarde! Qué les sirvo?-. Para qué habré puesto ese tono de voz tan cursi? Luego me quejo (- Para mí un capuchino y para ti? - Para mí, un solo largo.) de que me toman por un pichiruchi cualquiera.
- Perdón, podría repetirme lo primero. No le escucho bien.
- Un capuchino.
- Muchas gracias.
Tu puta madre, estirada. Joder, parece que parte nueces con el ojete del frufru que desprende. Quién me mandaría a mí meterme en esta cueva? Tengo que acordarme de ordenar las cartas porque esto parece una cochiquera. Y ese mameluco, por qué pondrá esa cara de estreñido? Con el buen tiempo que hace; pues nada, aquí todos metidos no poleiro con el canto de las gallinas.
- Un capuchino y un solo largo, oiga!
- Queeeeé?
Por qué, por qué me tocan todos los tarados y desequilibrados?
- Un capuchino y un solo largo!!
- Ahhhh!
Acabáramos. Pues sí, fíjate que calentitas y que alegres se las ve a las gallinitas. Y qué dirían todas estas pelucas enlacadas si les meto aquí un corral de pitas gritonas? Bah, por lo de gritonas no se sorprenderán porque, dios mío, emiten más decibelios que una rave valenciana. De todos modos se subirían a las mesas y comenzarían a chillar a modo de babuinas asustadas. (- Listo!) Je, que divertido verlas a todas indignadas por semejante exabrupto, ay que cosquilleo más complaciente.
- Eh, despierta! que tienes ahí los cafés. Ya estás pensando. Venga, llévatelos que se enfrían.
- Te digo yo que me dan una pena.
- Y llévate el ticket que sino se van sin pagar.
- Hombre, claro, y la próxima vez les llevo personalmente el café a la cama.
Si es que tengo que tener más paciencia, porque lo que todos estos mindunguis necesitaban era que me subiera a la barra y empezara a cargármelo todo y a decirles lo que nunca les han dicho. Sí, eso si sería mágico, pero lo de las gallinas es mucho más factible.
- Mierda.
Parece mentira, a estas alturas aún se me derraman algunos cafés con la bandeja de las noses. Y encima son para estos dos bollos preñaus. Ánimo y al toro. Pitas, pitas, pitas!!
- Lo siento, con la velocidad se ha derramado un poquito. Si quiere se lo cambio...
- No, no será necesario. Muchas gracias, joven.
Encima me perdonará la vida. No hay derecho. Y por si éramos pocos, entran otros cuantos, que cansado me siento!
- Hola, buenas tardes, qué les sirvo?
(Pitas, pitas, piiiiitas!!)
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